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Héctor Quintero López

Se tienen registros documentales que la Imagen de la Virgen de la Soledad venerada hasta nuestros días en su santuario que, a modo de capilla provisional bendijo el Arzobispo José Garibi Rivera el 5 de abril de 1952 y consagró, y ya con el rango de santuario, el 7 de mayo de 1960, quien no satisfecho con eso, gestionó ante el Papa Pablo VI la coronación pontificia de la antiquísima Imagen, que fue una de las primeras vecinas de Guadalajara, pues ya para febrero de 1589 existía bajo su amparo la cofradía de Nuestra Señora de la Soledad y del Santo Entierro de Cristo, en la que formaban parte casi la totalidad de vecinos de la ciudad, dicha asociación fue establecida en el Hospital de San Miguel, donde hoy se levanta el Supremo Tribunal de Justicia de Jalisco, y que sus fundadores fueron el Deán don Martín de Espes y el Chantre don Francisco Martínez Tinoco. Tanto la Virgen de la Soledad como la Imagen de Cristo yacente que le acompaña hasta la actualidad, al parecer del Canónigo don Luis Enrique Orozco, son imágenes elaboradas bajo la técnica mexicana de pasta de caña de maíz, realizadas por artesanos indocristianos muy probablemente de Michoacán, hace algo menos de 500 años.
Cuando se estrenó la catedral definitiva, dedicada al misterio de la Asunción de María, el 19 de febrero de 1618,
en el viento oeste de donde se alzó la provisional los cofrades echaron los cimientos del santuario para depositar sus venerables imágenes, con las que se recorrían las calles del pequeño burgo cada Viernes Santo en pasos procesionales que recuerda de forma muy viva el cronista don Matías Ángel de la Mota Padilla en 1742.

Por él sabemos que los cofrades, vestidos de penitentes, salían descalzos y en silencio, revestidos con túnicas y cubiertos los rostros con capirotes, portando escapularios de tafetán negro y sus escudos con la Imagen de Nuestra Señora de la Soledad, haciéndose diversas estaciones por los templos de la ciudad la noche del Viernes Santo, y el Domingo de Resurrección, al amanecer, se hacía otra devota procesión hacia la Catedral, revestidos ahora con túnicas y guirnaldas de flores. Muchos eran los que se incorporaban al cortejo, descalzos en señal de penitencia o pagando alguna manda por un favor recibido, pues la fama de los milagros obrados por intercesión de Nuestra Señora en esta Imagen eran muchos.

En 1598, la efusiva devoción al Santo Cristo y a la Virgen de la Soledad le valieron a la cofradía ser agregada a la Catedral del Papa, la archibasílica de San Juan de Letrán en Roma, concediéndosele al año siguiente de 1599 tener un altar privilegiado, avalándolo todo con una Bula de Clemente VIII.
Don Luis Enrique Orozco nos hace saber que al tener la cofradía sus privilegios y ser un –mar de indulgencias– se colocaron siete lámparas de plata ante la Imagen de Nuestra Señora de la Soledad, que ardían todos los viernes del año, especialmente el Viernes Santo, encendidas de las doce a las tres de la tarde, dando origen a la piadosa tradición –hoy extinta–, que se veía en casi en todas las casas, en las cuales se colocaba fervientemente una lámpara en las mismas horas y días, en memoria de las agonías de Cristo y para acompañar a su madre Dolorosa al pie de la cruz.

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