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Desde el Corazón

LUPITA:
Hace mucho que dejé de ir a Misa porque me hirió mi propio padre. Recientemente sentí la necesidad de entrar a un templo y escuché el Evangelio en el que Jesús enseña: “se ha dicho ama a tu amigo y desprecia a tu enemigo, pero yo les digo: amen a sus enemigos”.
¡No puedo! Quisiera ir a Dios, pero sus exigencias me rebasan.
María V

HERMANA MÍA, MARÍA:
En realidad todo el Evangelio trata sobre el perdón. Jesús lo enseña o lo ofrece constantemente: a Zaqueo, a la mujer en el pozo, a aquella que es sorprendida en adulterio, al mismísimo Pedro. Jesús inicia su predicación diciendo “arrepiéntanse”, indicándonos que estamos todos necesitados de perdón y antes de morir desde la cruz hace algo totalmente inaudito cuando se dirige al Padre diciendo: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”.
Parece irreverente decir que ese viernes, el viernes en que Jesús muere por amor a nosotros, es un viernes de esta; ¡pero lo es! Es el día que Jesús vence a la muerte y abre para nosotros la vida eterna. En los países hispanos le llamamos Viernes de Dolores, pero en los de habla inglesa le llaman: “good friday” (viernes bueno).

Es la locura del amor divino: acabar el mal en abundancia de bien.

Las ciencias de la conducta, las neurociencias en particular, nos confirman hoy la necesidad que tenemos de perdonar para adquirir salud emocional. Todo tipo de terapia te llevará a trabajar tus heridas a través del perdón que te liberará en primer lugar a ti de una carga demasiado pesada, una cadena que te impide seguir adelante en la vida.

Diversos estudios concluyen, al igual que el Dr. Javier Camacho, psicólogo clínico UBA, que los beneficios de perdonar son incomparables: se reducen los niveles de estrés y ansiedad, el sistema inmunológico se fortalece, el sistema cardiovascular es saludable, baja la intensidad de los dolores crónicos, mejora la calidad del sueño, se reducen las posibilidades de desarrollar cáncer, etc. “Quien perdona, se libera de un vínculo de apego negativo y da fin a un ciclo de dolor”.
Dios no tiene la culpa del daño que te hizo tu padre.
No es alejándote de Él que recuperarás la alegría de vivir, es acercándote a Él que podrás perdonar en Su nombre, repitiendo desde la cruz como Cristo mismo: “perdónale, él no supo lo que hizo”.

Lupita Venegas/Psicóloga
Facebook: lupitavenegasoficial

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