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PBRO. JOSÉ ANTONIO LARIOS SUÁREZ. SECCIÓN DIOCESANA DE PASTORAL DE EDUCACIÓN Y CULTURA

Como Iglesia, tenemos para anunciar y ofrecer la salvación que Cristo nos trajo, sin embargo, en ocasiones, nos da la impresión de estar ofreciendo lo que muchos no buscan, pareciera que estamos muy seguros de lo que ofrecemos y que algunas personas están muy seguras de no necesitar lo ofrecido.
Cuando la salvación se expresa cien por ciento en términos de futuro y eternidad, desencajada del espacio y del tiempo, inconexa con la realidad actual y solo en términos de portarse bien aquí para gozar allá, es cuando las personas terminan optando por lo que parece más urgente y apremiante en el aquí y ahora… de la eternidad “ya se verá”.

LA SALVACIÓN NECESITA EXPERIMENTARSE, NO SOLO ESCUCHAR HABLAR DE ELLA.
El pueblo de Israel tuvo su experiencia pascual, su experiencia fundante de salvación en el Mar Rojo, allí donde no había opción humana, o quedar en manos de los egipcios o morir en el mar. Dios abre un camino, hace ver al pueblo que sus opresores han quedado sepultados en el agua sin posibilidad alguna de hacerles daño de nuevo y que en su horizonte se abre un camino que los llevará a una historia totalmente distinta a la tragedia que ellos avizoraban.
A partir de allí el pueblo se siente amado, salvado y protegido, ahora está preparado para entender la salvación eterna. San Pedro, en el evangelio, pide ir caminado sobre el agua hasta Jesús, y cuando lo hace comienza a hundirse, grita a su Señor y es rescatado del agua; vive en carne propia la salvación y predicar esa salvación. Además, una vez confirmado en su fe, debe confirmar en la misma a cuantos se le han confiado.
Nuestro occidente de México, raíz de lo que hoy es nuestra Iglesia diocesana, en 1542 también experimentó la salvación; los indígenas estaban muy lejos aún de imaginar siquiera las realidades eternas que proclama el cristianismo, por ello, para iniciar el proyecto de Dios en nuestra historia, la Providencia quiso que aquí y ahora se experimentara la salvación en la situación límite que nuestros antepasados vivían: la guerra del Mixtón, el levantamiento indígena contra el dominio español más férreo que se conoce en todo lo que hoy es territorio nacional.

Cuando el padre Segovia, advertido de lo sucedido y con gran celo apostólico subió al cerro del Mixtón, crucifijo en mano, al pecho la imagen de Nuestra Señora de Zapopan que ya llevaba 12 años de recorrer el occidente de México, comenzó a hablar con los indígenas y estos poco a poco desistieron de la sublevación. Cuentan las crónicas que en día y medio más de 6,000 indígenas renunciaron a la guerra, fueron conducidos por Fray Antonio de Segovia ante el virrey Antonio de Mendoza y allí mismo el padre Segovia propone las condiciones para que los indígenas no vuelvan a sublevarse ante el dominio hispano; a saber, debían respetarse los derechos de los indígenas, principalmente el de poseer sus propias tierras y de autonomía o gobierno propio.

Si Dios a través de Nuestra Señora de Zapopan y del padre Segovia no hubiera intervenido en ese momento y en ese lugar, aquella guerra hubiera extinguido la raza indígena y el occidente de México hubiera sido un asentamiento más de los españoles llegados para la conquista.
Nuestra memoria colectiva inconsciente ha registrado este acontecimiento fundante, por ello es muy explicable que año con año, millares de fieles nos reunimos en torno a la Virgen de Zapopan para expresar la gratitud inmensa que sentimos, pues reconocemos en ella el signo de Dios en nuestra historia, el signo de Dios por el que se salvó nuestra vida, nuestra raza, cuanto hoy somos y tenemos.
El pueblo de Israel después del éxodo, se comprometió con corazón alegre y generoso con el Dios que los salvó, lo hizo mediante la alianza, codificada en los diez mandamientos. Así nuestro occidente de México, una vez salvado, se ha comprometido durante 475 años como Iglesia diocesana de Guadalajara a hacer presente el Reino de Dios, a trabajar por la liberación de todas las personas que necesitan experimentar la presencia de Dios.

Este año, el 18 de noviembre, peregrinaremos como diócesis con Nuestra Señora de Zapopan al cerro del Mixtón, para hacer memoria de nuestra historia, de nuestro origen, de nuestra salvación, de la alianza de Dios con nosotros y de nosotros con Él, esta memoria histórica bajo el símbolo identitario de la Virgen de Zapopan renovará en nosotros la experiencia de pertenencia como diócesis, el compromiso evangelizador que incluye la lucha por las libertades y el respeto a la dignidad humana.

Agradecemos al decanato de Juchipila, a la Provincia franciscana, a la Guardia de Honor de Nuestra Señora de Zapopan que en comunión con la Sección Diocesana de Educación y Cultura han trabajado con esmero para hacer posible esta visita de la Virgen y esta peregrinación diocesana.

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