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ALFREDO ARNOLD

Las vacaciones son un espacio ideal para viajar y conocer nuevos lugares del extranjero, de nuestro país o incluso de nuestra ciudad, aunque hayan permanecido fuera de nuestro “radar” a pesar de estar al alcance de la mano. La elección depende, sobre todo, del presupuesto y del interés por viajar.
Muy poco pensamos en descansar, tal vez porque no estamos tan cansados o porque la presión familiar nos lanza a salir del hogar en busca de la aventura.

Personalmente, desde hace varios años en que comencé a hacerme viejo (sí, viejo, anciano, porque “adulto mayor” lo soy desde que cumplí 21 años), la última semana del año, ésta que acaba de pasar, la destino a descansar y al mismo tiempo a viajar, pero a viajar sin salir de casa, sin la vorágine de las carreteras ni la aglomeración de los aeropuertos, sin el servicio caro y deficiente de los hoteles, sin hacer largas filas para ver un espectáculo, sin aliento para platicar y llevando mentalmente la cuenta del dinero que se va volando y cuya recuperación tardará algunos meses.
¿Cómo descansar y al mismo tiempo viajar sin salir de casa?… ¡Con un libro!

A veces elijo un libro de historia de México, algo fácil de leer, al estilo de José Fuentes Mares, de Armando Fuentes Aguirre o de Alejandro Rosas; tres generaciones de escritores muy amenos. Pero con mucha frecuencia recurro a dos libros que considero de cabecera, ambos muy distintos, escritos por los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, quienes los firmaron con sus nombres de pila: Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger, respectivamente.
Me refiero a “Cruzando el Umbral de la Esperanza” y “Jesús de Nazareth”. El primero, fue producto de
una entrevista que le hizo el periodista italiano Vittorio Messori a Juan Pablo II, y el segundo surgió de las
profundas reflexiones de Benedicto XVI sobre la personalidad histórica del Redentor.

El libro de Wojtyla contiene pasajes de su juventud, de cómo descubrió su vocación sacerdotal, de su vida en Cracovia, aunque también explica temas profundos acerca de su fe y por qué considera ser el representante de Cristo en la tierra. Fiel al estilo alegre del Papa polaco, el libro se lee con sorprendente facilidad. En cambio, el de Ratzinger, que en realidad es una trilogía, tiene todo el estilo filosófico de su origen alemán. Es complicado, cierto, aunque también contiene capítulos maravillosos, como la explicación que hace de la oración por excelencia: el Padre Nuestro y de las bienaventuranzas.

Ambos personajes fueron prolijos escritores. El Catecismo de la Iglesia Católica fue elaborado prácticamente por los dos: Juan Pablo II como iniciador de la idea y el cardenal Ratzinger como director del equipo de redactores.
Debo confesar que de Mario Bergoglio, el papa Francisco, no he leído sus libros “El nombre de Dios es misericordia”, originado también por una entrevista que le hizo el periodista italiano Andrea Tornielli, ni “De los pobres al Papa, del Papa al mundo”, en el que expone el drama de la pobreza global. Espero leerlos pronto.

Acercarse a Wojtyla o a Ratzinger por medio de la lectura, es una gran idea no sólo para los católicos, sino para todo el que quiera disfrutar de una semana de vacaciones diferente, descansada y enriquecedora.

Al lector, le ofrezco una disculpa porque esta sugerencia le ha llegado tarde, ya que la semana a la que me refiero fue la que recién transcurrió. Pero, a lo mejor, todavía le queda libre la siguiente y puede dedicarla a leer. Anímese, no se va a arrepentir.
¡Ah!, y feliz año 2024.

*El autor es LAE, diplomado en Filosofía y periodista
de vasta experiencia. Es académico de la U

@arquimedios_gdl

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