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Hugo Gaucín

Los esposos están llamados a vivir una relación intima con Cristo antes que con su pareja, porque sólo ahí recogerán lo necesario para cumplir, por el Sacramento, su única misión en la vida: llevar a Dios a su esposo, a su esposa, porque ya no son dos, son «una sola carne»; podrían hacer el bien a todo el mundo, pero su misión única es ser medio para que su pareja alcance a Dios, ese es el amor más grande que un ser humano puede dar a otro ser humano, llevarle a Dios. Ahora entendemos la complementariedad humana genuina desde el principio de su creación hombre y mujer.

Los Sacramentos, por brotar del Único Sacramento que es Cristo, tienen una estrecha relación y se vive en conjunto. El sacramento del Bautismo da la gracia al ser humano se ser hijo en el Hijo de Dios; la Eucaristía, fuente y fin de la existencia cristiana, injerta al ser humano con la gracia de la comunión en el Cuerpo Místico de Cristo; la Misión que confirma anunciar el cristiano queda envuelta en el Amor de Dios Espíritu Santo que hace confesar a Cristo, Señor.

EL AMOR ES PACIENTE Y SERVICIAL

La gracia del los Sacramentos, presencia y acción de Dios en la vida del ser humano, le auxilia en la construcción de su ser personal mediante el amor, el amor de Dios que es, dice San Pablo, «paciente, servicial; el amor no tiene envidia, no es jactancioso, no se engríe; es decoroso; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta» (1Cor 13, 4-7).

Este amor del que habla San Pablo es identificable sólo con el amor de Dios Padre Misericordioso que el Hijo reveló: Un Dios que es dadivoso a grados de ingenuidad «El menor de ellos le dijo al padre: “Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde.” Y el padre les repartió la hacienda» (Lc 15, 12) y le da su espacio a quien ama para que sea su libertad la que le construya. Un Padre que espera con paciencia, que se adelanta, y sin saber si en verdad hubo una verdadera conversión en su hijo, lleno de emoción, lo abraza y lo perdona: «Estando él todavía lejos, lo vio su padre y se conmovió; corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente» (Lc 15, 20).

Un Padre Misericordioso, fiel a su paternidad que establece para siempre a su creatura como hijo: «Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. […] porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado» (Lc 15, 22.24).

A Dios Padre de Misericordia se le conoce y ama en el sacramento de la Reconciliación. Matrimonio que pretenda vivir el Sacramento sin la Eucaristía ni la Reconciliación estará dando un amor que no alcanza a significar lo que de verdad es amar.

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