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JUAN JESÚS ESPINO SAPASCOE
1° DE TEOLOGÍA

¿Alguna vez has escuchado hablar sobre san Justino Orona? Bueno, déjame contarte un poco sobre él… Nació hace 146 años, el 14 de abril de 1877 en Cuyacapán, una pequeña comunidad perteneciente al municipio de Atoyac en Jalisco.

Su papá se llamaba José María Orona y su mamá María Inés Madrigal, juntos conformaron una bella familia cristiana que, no obstante, vivió en extrema pobreza.

El pequeño Justino hizo sus primeros estudios en la escuela parroquial de Zapotlán el Grande, hoy Ciudad Guzmán, y allá expresó sus intenciones de ser sacerdote. Su deseo vocacional fue duramente probado por la oposición de su familia, ya que por la pobreza en que se encontraban necesitaban que inmediatamente empezara a trabajar y no que siguiera estudiando. A pesar de todo el joven insistió aduciendo como única razón: “Quiero ser sacerdote”.

Gracias al apoyo del sr. Cura de Atoyac, el padre Secundino Flores Ortiz, logró dar inicio a su preparación como futuro sacerdote. Y así fue como ingresó al Seminario de Guadalajara a los 17 años, el 25 de octubre de 1894.

Podemos destacar de él cuatro aspectos importantes durante los años que cursó el seminario, y que pueden servir como ejemplo a los seminaristas de nuestro tiempo:

  • Se esmeró con dedicación al estudio
  • Tuvo un gran espíritu de piedad
  • Fue muy estimado por sus compañeros y formadores
  • Era un joven de excelente conducta

Con gran alegría pudo cumplir aquel sueño que años atrás había inundado su corazón: Fue ordenado sacerdote el 7 de agosto de 1904 y cantó su primera misa en Atotonilco el Alto, Jalisco. La tercera parroquia que tuvo encomendada siendo párroco fue la de San Felipe en Cuquío. Ahí tuvo el encargo de atender el pequeño grupo de seminaristas que se estableció durante la persecución religiosa, pues en aquellos años aconteció la muy conocida guerra cristera en México.
Hoy por hoy, en el pueblo de Cuquío sigue habiendo un Seminario auxiliar, se trata de una de las cinco escuelas secundarias que pertenecen al Seminario Diocesano de Guadalajara.
El señor cura Orona amó entrañablemente a su parroquia de San Felipe; tanto así que cuando sucedió la persecución se acrecentó, el padre Antonio Guzmán le aconsejaba al padre Justino insistiéndole en que se ausentara de Cuquío para que no lo tomaran preso, pero él contestó muy decidido: “Yo entre los míos, vivo o muerto”.

La madrugada del 1 de julio de 1928, estando el padre Justino en el rancho de Las Cruces junto con su hermano José María Orona y su vicario, el sacerdote Atilano Cruz Alvarado, llegaron los soldados federales. Estos golpearon fuertemente la puerta, el sr. Cura Orona les abrió y al verlos los saludó proclamando fuertemente: “¡Viva Cristo Rey!” y al mismo tiempo dispararon contra él. En ese momento Justino cayó muerto en el umbral de la puerta de la habitación, y acto seguido, dispararon también contra su hermano José María y el padre Atilano.

Esta es la trágica historia de san Justino Orona, que pensándolo bien y visto desde la fe, es más bien una historia de triunfo. Imitemos su ejemplo, y el de tantos otros mártires mexicanos.

Y no dejemos de encomendar a la mediación de estos santos la promoción y el aumento de las vocaciones sacerdotales en nuestra diócesis. Que los santos mártires mexicanos exalumnos del Seminario intercedan por nosotros.

@arquimedios_gdl

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